Victor SERGE:
saber sobre la represión |
La gran doctrina liberal del Estado que los gobernantes capitalistas no han derogado en serio más que en tiempos de guerra entonces tienen su capitalismo de guerra, caracterizado por la estatización de la producción, el riguroso control del comercio y de la distribución de los productos (libretas de racionamiento, el estado de sitio, etc.) preconiza la no ingerencia del Estado en la vida económica. Esta doctrina se reduce en economía política al laisser-faire, al laisser-passer de la escuela manchesteriana. Considera al Estado principalmente como instrumento de defensa colectiva de los intereses de los poseedores; máquina de guerra contra los grupos nacionales competidores, máquina de reprimir a los explotados. Reduce al mínimo las funciones administrativas del Estado; es bajo la influencia del socialismo y bajo la influencia de la presión de las masas que el Estado ha asumido recientemente la dirección de la enseñanza pública. Las funciones económicas del Estado se reducen, en la medida de lo posible, al establecimiento de tarifas aduanales destinadas a proteger a los industriales contra la competencia extranjera. (La legislación laboral siempre es una conquista del movimiento obrero.) En una palabra, el respeto a la anarquía capitalista es la regla del Estado. Que produzca, venda, revenda, especule sin freno alguno, sin cuidarse del interés general: está bien. La libre concurrencia es la ley del mercado. Las crisis se convierten así en las grandes reguladoras de la vida económica; son las que reparan, a expensas de los trabajadores, de las clases medias inferiores y de los capitalistas más débiles, los errores de los jefes de la industria. Incluso cuando los grandes trusts dictan la ley a todo el país, suprimiendo de hecho la competencia en vastos sectores de la producción y del comercio, la vieja doctrina del Estado, si no choca con los intereses de los reyes del acero, del carbón, de la carne de puerco o de los transportes marítimos, continúa intacta: así sucede en los Estados Unidos.
La enumeración de estos hechos que todos debiéramos conocer se nos hace necesaria para mejor poder definir el Estado obrero y campesino tal como lo realiza la Unión de Soviets, con la nacionalización del suelo, del subsuelo, de los transportes, de la gran industria, del comercio exterior. El Estado soviético gobierna la vida económica. Influye diaria y directamente sobre los factores esenciales de la vida económica. En los mismos límites en que permite la iniciativa capitalista, la controla y la rige, ejerciendo sobre ella una doble tutela: por la ley y por la acción que llamamos directa sobre el mercado, el crédito, la producción. La previsión de las crisis es una de las más características tareas del Estado soviético. Se esfuerza por contener las crisis a los primeros síntomas; no es exagerado prever, en cierto momento del desarrollo social, su eliminación completa.
Donde el Estado capitalista se contenta por principio con combatir los últimos efectos de las causas sociales que le está vedado tocar, el Estado soviético actúa sobre esas causas. La indigencia, la prostitución, la precaria situación de la salud pública, la criminalidad, el deterioro de las poblaciones, el bajo índice de natalidad no son sino efectos de causas económicas profundas.(2) Después de cada crisis económica aumenta la criminalidad; no puede ser de otra manera. Y los tribunales capitalistas redoblan su severidad. A los trastornos provocados por el funcionamiento natural de la economía capitalista -anárquica, irracional, regida por los egoísmos individuales y por el egoísmo colectivo de las clases poseedoras- la burguesía no conoce otro remedio que la represión.(3) El Estado soviético, al concentrarse sobre las causas del mal, tiene evidentemente menos necesidad de la represión. Mientras más se desarrolle, más su acción económica será eficaz, concertada, previsora, y menos necesidad tendrá de la represión, hasta el día en que una inteligente gestión de la producción suprima, con la prosperidad, males sociales tales como la criminalidad, cuyo contagio se esfuerza en aminorar por medio de la coercion... Se robará menos cuando el hambre no exista; y menos aún se robará cuando el bienestar de todos se haya realizado.
Desde ahora -y aún estamos lejos de la meta- nuestra convicción es, contrariamente a las apariencias, que el Estado soviético usa la represión infinitamente menos que otros. Piénsese en la situación económica actual de Rusia, ¿no se vería obligado un gobierno burgués a gobernar por la fuerza infinitamente más que el listado soviético? El campesino está a menudo descontento. Los impuestos le parecen demasiado altos, los artículos industriales muy caros. Su descontento suele traducirse en actos que a menudo podrían calificarse de contrarrevolucionarios. Sin embargo, los campesinos en su conjunto le dieron a los soviets la victoria militar -el Ejército Rojo estaba compuesto principalmente de campesinos- y continúan apoyándolos. Un gobierno capitalista que le restituyera la tierra a los latifundistas tendría que contener y no podría hacerlo más que por medio de una represión continua y despiadada- la cólera de cien millones de campesinos. He aquí por qué cayeron todos los gobiernos sobornados por las fuerzas extranjeras.
En su actual penuria, después de años de guerra imperialista, de guerra civil, de bloqueo, de carestía, cercada por Estados capitalistas, objeto del bloqueo financiero, de intrigas diplomáticas, de preparativos bélicos, la Unión Soviética, semejante a un campo atrincherado sitiado por el enemigo, ocupada además con las contradicciones internas, propias de un período de transición tan difícil, tiene todavía mucha necesidad de la represión. Sería equivocarse mucho creer concluida la etapa de las tentativas contrarrevolucionarias. Pero cualesquiera que sean las dificultades actuales de la Revolución Rusa y sus formas de resolverlas, las características esenciales del Estado soviético no se modificarán y en consecuencia tampoco ck papel que la represión ha jugado.
Se olvida a menudo esta otra verdad: que la sociedad soviética, en su octavo año de vida, no puede ser comparada en justicia a la sociedad burguesa, que goza de una tradición de autoridad de varios siglos y de más de un siglo de experiencias políticas. Mucho antes de 1789, el tercer estado era, contra la vehemente afirmación de Sieyes, una fuerza respetada dentro del Estado. Los primeros cincuenta años de desarrollo económico de la burguesía no dejaron de ser años de atroz dictadura de clase. Los falsificadores oficiales de la historia voluntariamente olvidan la verdad sobre la primera mitad del siglo XIX. El capitalismo moderno, en su camino hacia la opulencia, pasó sobre los cadáveres de muchas generaciones de trabajadores que habitaban pocilgas, trabajaban del alba al oscurecer, desconocían toda libertad democrática y entregaban a la fábrica devoradora hasta los débiles músculos de chiquillos de ocho años... Sobre los huesos, la carne, la sangre y el sudor de estas generaciones sacrificadas se erigió toda la civilización moderna. La ciencia burguesa los ignora. De nuevo nos es forzoso remitir al lector a El Capital de Karl Marx. En el capítulo XXIII hallará páginas terribles sobre la Inglaterra de 1846 a 1866. No resistimos la tentación de citar algunas líneas. Un médico, encargado de una encuesta oficial, constata que "incluso entre los obreros de la ciudad, el trabajo que de ordinario apenas les permite no morirse de hambre, se prolonga más allá de toda medida... No hay derecho a decir que el trabajo da para comer a un hombre." Otro investigador constata que en Londres hay "veinte grandes barrios poblados cada uno por cerca de 10000 individuos; su miseria sobrepasa todo lo que se puede ver en Inglaterra". "Newcastle --dice el doctor Hunter ofrece el ejemplo de cómo una de las mejores castas de compatriotas ha caído en una degeneración casi salvaje por obra de circunstancias puramente exteriores: la habitación y la calle." El Standard, diario conservador inglés, escribe el 5 de abril de 1866, a propósito de los desocupados de Londres: "Recordémonos lo que padece esta población. Muere de hambre. Son 40 000. Y esto en nuestra época, en uno de los barrios de esta maravillosa metrópoli, junto a la mayor acumulación de riquezas jamás vista en el mundo." En 1846 el hambre hizo perecer en Irlanda a más de un millón de individuos... Ello no afectó en la menor medida a la riqueza del país (Marx).
Para transformar en guineas constantes y sonantes con la efigie de la reina Victoria, la sangre y el sudor de este pueblo miserable; para que los inútiles condenados por el desarrollo del maquinismo y de las crisis a morir de miseria consientan en morir sin rebelarse como bestias encadenadas, ¿qué formidable opresión no sería necesaria? Ahora percibimos con nitidez uno de los principales medios de la violencia capitalista: el hambre. Hace medio siglo que se puede hablar de terror económico. El obrero amenazado de desempleo, amenazado de morirse de hambre, trabaja entre la chusma industrial, trabaja como un bruto para no morirse de hambre más que a la larga: en quince años. (No poseemos datos sobre la duración media de la vida de esos asalariados; lo deploramos; esas cifras lo resumirían todo.) En nuestros días es igual: a la violencia económica por hambre, con todo la más importante, en definitiva la única eficaz, la represión no hace sino proporcionarle el complemento exigido por "la defensa del orden" capitalista contra determinado tipo de víctimas particularmente inquietantes (los malhechores) y contra los revolucionarios.
Repitámoslo: el terror es terrible. En la guerra civil, todo combatiente -y esta guerra no conoce neutrales- arriesga la vida. Instruida en la escuela de los reaccionarios, la clase obrera, a la que los complots mantienen amenazada de asesinato, debe golpear ella misma a sus enemigos mortales. La prisión a nadie intimida; el motín arranca fácilmente las puertas aherrojadas que también abren la corrupción o la ingeniosidad de tos conspiradores.
En el paroxismo de la lucha, otra necesidad contribuye a extender los estragos del terror. Desde los ejércitos antiguos, la eliminación es el medio clásico de mantener disciplinadas a las tropas. Fue practicada durante la Gran Guerra, especialmente en el frente francés después de los amotinamientos de abril de 1917. No se debiera olvidar. Consiste en pasar por las armas a uno de entre cada diez hombres, sin considerar la inocencia o la culpabilidad individual. A propósito, una observación de orden histórico. En 1871, los de la Comuna fueron más que diezmados por los versalleses. Ya hemos citado el cálculo medio del número de fusilados por Gallifet: 20.000; la Comuna contó con 160.000 combatientes. La burguesía francesa, la más esclarecida del mundo la misma de Taine y de Renan , nos enseña hasta con cifras la temible lógica de la guerra de clases. Una clase no se declara vencida, una clase no es vencida mientras no se le inflige una elevada cantidad de bajas. Supongamos -y Rusia conoció situaciones parecidas durante los arios heroicos de la revolución- una ciudad de 100.000 almas, dividida en 70.000 proletarios (simplificando, proletarios y elementos cercanos al proletariado) y 30.000 personas pertenecientes a la burguesía y a las clases medias, habituadas a considerarse como pertenecientes a la clase dirigente, instruida, poseedora de medios de producción. ¿No resulta evidente, sobre todo si la lucha se circunscribe a la ciudad, que la resistencia más o menos organizada de esta fuerza contrarrevolucionaria no será derrotada mientras no haya sufrido pérdidas bastante considerables? ¿No resulta menos peligroso para la revolución golpear fuerte y no débilmente?
La burguesía ha prodigado a los explotados advertencias sangrientas. Sucede que ahora los explotados se vuelven contra ella. La historia lo advierte: cuantos más sufrimientos y miserias la burguesía le haya ocasionado a las clases trabajadoras, con tanto mayor ahínco resistirá el día del arreglo de cuentas y más caro lo pagará.
Igual que el Tribunal Revolucionario, de la Revolución Francesa, sólo que con procedimientos en general un poco menos sumarios, la Cheka de la Revolución Rusa juzgaba irrecusable, implacablemente a sus enemigos de clase; igual que el Tribunal Revolucionario, juzgaba menos por cargos y acusaciones concretos que por el origen social, por la actitud política, por la mentalidad, por la capacidad de dañar del enemigo. Se trataba más bien de golpear una clase a través de sus hombres que de sopesar hechos concretos. La justicia de clase no se detiene en el examen de casos individuales sino en los períodos de calma.
Los errores, los abusos, los excesos nos parecen funestos sobre todo frente a los sectores sociales que el proletariado debe tratar de agrupar: campesinado medio, capas inferiores de las clases medias, intelectuales sin fortuna; de igual manera con respecto a los disidentes de la revolución, revolucionarios sinceros a los cuales las ideologías demasiado alejadas de la comprensión de las realidades de la revolución hacen adoptar actitudes objetivamente contrarrevolucionarias. Me acuerdo de aquellos anarquistas que cuando la flota roja defendía desesperadamente Kronstadt y Petrogrado (1920) contra una escuadra inglesa, ¡continuaban imperturbablemente, a bordo de algunos buques, su buena y vieja propaganda antimilitarista! Pienso también en los socialistas- revolucionarios de izquierda que, en 1918, se esforzaban por meter a la República de los Soviets, desprovista de ejército y de todo tipo de recursos, en una nueva guerra contra el imperialismo alemán, todavía vigoroso. Entre ésos "revolucionarios" equivocados y los hombres del antiguo régimen, la represión revolucionaria se esfuerza y deberá siempre esforzarse por distinguir; pero no siempre es posible lograrlo.
En toda batalla social, determinado porcentaje de excesos, de abusos, de errores no podrán ser evitados. El deber del partido y de todo revolucionario es trabajar por aminorarlos. Su importancia en definitiva, no depende sino de los siguientes factores:
1] La proporción de las fuerzas enfrentadas y el grado de encarnizamiento de la lucha;
2] el grado de organización de la acción; la eficacia del control del partido del proletariado sobre la acción;
3] el grado de cultura de las masas proletarias y campesinas.
Una cierta crueldad resulta de las circunstancias materiales de la lucha: repletas, las prisiones de una revolución proletaria no soportan, en lo relativo a la higiene, la comparación con las "buenas prisiones" de la burguesía... en tiempos normales. En las ciudades sitiadas, donde reinan el hambre y el tifus, en esas prisiones se muere un poco más que afuera. ¿Qué hacer? Cuando la cárcel está llena de obreros y campesinos, esta ociosa cuestión no preocupa ni siquiera a los filántropos. Cuando los communards prisioneros en el campo de Satory dormían a cielo abierto sobre el barro y las piedras, tiritando en las noches heladas, bajo la lluvia torrencial -con prohibición de incorporarse, orden a los centinelas de disparar sobre cualquiera que se incorporara un gran filósofo, Taine, escribía: "Esos miserables se pusieron fuera de la humanidad...
Al día siguiente de tomar el poder, el proletariado, solicitado por innumerables tareas, resuelve, naturalmente, las más importantes: avituallamiento, organización urbana, defensa exterior e interior, inventario de los bienes expropiados, embargo de riquezas. Consagra a esto sus mejores fuerzas. Para la represión revolucionaria no queda -y es una causa de errores y de abusos- más que un personal subalterno bajo la jefatura de hombres que deben buscarse entre los más firmes y puros (lo cual hizo la dictadura del proletariado en Rusia -Djerjinsky- y en Polonia -Otto Corvin). Los asuntos de la defensa interior de una revolución son los más delicados, los más difíciles, los más dolorosos y a veces los más espantosos. Los mejores de entre los revolucionarios con elevada conciencia, espíritu escrupuloso y carácter firme se le deben consagrar.
Por medio de ellos se ejerce el control del partido. Este control, moral y político, permanente en éste y los otros dominios, expresa al mismo tiempo la intervención de la élite más consciente - de la clase obrera, y la intervención un tanto menos directa de las masas populares bajo el control efectivo de aquellos para los que el partido está presente en todos los actos de su vida. También garantiza el espíritu de clase de la represión. Las posibilidades de errores y de abusos se reducirán en la medida en que las fuerzas de vanguardia del proletariado puedan actuar en este sector.
En el curso de nuestro estudio sobre la Ojrana, nos ocupamos largamente de la provocación. Ella no es un elemento necesario en la técnica de toda policía. La tarea de una policía es la de controlar, la de saber, la de prevenir. No la de provocar, cultivar o suscitar. En el Estado burgués, la provocación judicial policiaca, casi desconocida en las épocas de estabilidad, toma una importancia creciente a medida que el régimen declina, se debilita, resbala en el abismo. La actualidad basta para convencernos. Prácticamente insignificante en este momento en el movimiento obrero de Francia, Bélgica, Inglaterra, países con una relativa prosperidad capitalista, la provocación no tuvo en Alemania, inmediatamente después de las crisis revolucionarias de fines de 1923, una importancia menor de la que tuvo en Rusia después de la revolución derrotada de 1905. El proceso de Leipzig, llamado de la "cheka alemana", durante el cual se vio a la policía berlinesa montar, en casa de uno de los defensores del socialista Kurt Rosenfeld, un robo nocturno (abril-mayo de 1925), revela en la Seguridad General del Reich manejos muy parecidos a los de la Ojrana. En otro país, donde la reacción se enfrenta desde hace casi dos años con una revolución popular -Bulgaria-, el mismo fenómeno, pero más acentuado todavía. En Polonia, la provocación se ha convertido en el arma por excelencia de la reacción contra el movimiento obrero. Limitémonos a estos ejemplos.
La provocación policial es principalmente el arma -o el mal- de los Regímenes en descomposición. Consciente de su impotencia para prevenir o para impedir, su policía suscita iniciativas que reprime inmediatamente. La provocación también es un hecho espontáneo, elemental, resultante de la desmoralización de una policía acorralada, desbordada por los acontecimientos, que no puede con una tarea infinitamente superior a sus fuerzas y que trata al menos de justificar la atención y el favor de sus patrones.
La Ojrana no pudo impedir la caída de la autocracia.
Pero la Cheka contribuyó poderosamente a impedir el derrocamiento del poder de los soviets.
La autocracia rusa, más que ser derribada, cayó por si misma. Le bastó un empujón. Aquel viejo edificio carcomido, del cual la inmensa mayoría de la población deseaba la caída, se derrumbó. El desarrollo económico de Rusia necesitaba una revolución, ¿qué podía contra ello la Seguridad General? ¿Le incumbía remediar los conflictos de intereses enfrentados, irreconciliables, decididos a todo para salir de una situación que no ofrecía otra salida que la guerra de clases, conflicto entre la burguesía industrial y financiera, los grandes latifundistas, la nobleza, los intelectuales, los desclasados, el proletariado y las masas campesinas? Su acción no podía proporcionarle al antiguo régimen, aun a condición de contar con hábiles medidas de política general, más que recursos limitados. Aquel cordón de policías y de agentes provocadores trataba a ciegas de contener el empuje de la oleada contra el viejo farallón resquebrajado, bamboleante, que pronto los enterraría bajo sus escombros. ¡ Qué ironía!
La Cheka no cumplió funciones tan absurdas.
En un país dividido en blancos y rojos, donde los rojos eran forzosamente la mayoría, busca al enemigo, lo desarma, lo golpea. No es sino un atina en manos de la mayoría contra la minoría, un arma entre muchas otras, accesoria después de todo y que no adquiere gran importancia más que en razón del peligro de que la revolución sea herida en la cabeza por los golpes del enemigo. Se cuenta que al otro día de haber tomado el poder, Lenin pasó una noche en claro redactando el decreto de expropiación de la tierra. "Con tal que tengamos tiempo de promulgarlo", decía. "A ver quién intenta entonces derogarlo." La expropiación de los dominios señoriales proporcionó instantáneamente a los bolcheviques el apoyo de cien millones de campesinos.
La represión es eficaz cuando complementa el efecto de medidas eficaces de política general. Antes de la Revolución de Octubre, cuando el gabinete de Kerensky rechaza satisfacer las demandas de los campesinos, la detención de los agitadores revolucionarios no hacia más que aumentar la irritación y la desesperación en las aldeas. Después del desplazamiento de las fuerzas sociales operado en los campos por la expropiación de los dominios, el interés de los campesinos los lleva a defender el poder de los soviets; el arresto de los agitadores socialistas-revolucionarios o monárquicos, decididos los unos a explotar en los campos su pasada popularidad y los otros a especular con el espíritu religioso, suprimió una fuente de confusiones.
La represión es un arma eficaz en manos de una clase enérgica, consciente de lo que quiere y que sirve los intereses de la inmensa mayoría. En manos de una aristocracia degenerada, cuyos privilegios constituyen un obstáculo al desarrollo económico de la sociedad, es históricamente ineficaz. No lo disimulemos más: a una burguesía fuerte en los períodos decisivos, le puede prestar casi los mismos servicios que al proletariado durante la guerra civil.
La represión es eficaz cuando va en el sentido del desarrollo histórico; es, en fin de cuentas, impotente cuando va contra el sentido del desarrollo histórico.
En veinte ocasiones, tanto durante lo más intenso de la guerra civil como antes de la toma del poder, Lenin se dedicó a restablecer las teorías de Marx sobre la desaparición del Estado y sobre la abolición final de la violencia en la sociedad comunista. Una de las razones que invoca para preconizar la sustitución de la palabra socialdemócrata por la palabra comunista para la designación del partido bolchevique, es que "el término socialdemócrata es científicamente inexacto. La democracia es una de las formas del Estado. Pero, como marxistas, estamos contra todo Estado".(4) También recordamos un artículo que escribió en tiempos difíciles, con ocasión del primero de mayo (en 1920, nos parece). El puño de hierro del partido proletario todavía mantenía el comunismo de guerra. El terror rojo sólo estaba amodorrado. Por encima de ese presente heroico y terrible, los hombres de la revolución mantenían los ojos calmadamente fijos en la meta. Cerrado a todo utopismo, desdeñoso de los sueños, pero dedicado inquebrantablemente al logro de los objetivos esenciales de la revolución, Lenin, jefe indiscutido del primer Estado proletario, Lenin, el animador de una dictadura, evocaba un futuro en el que el trabajo v la repartición del producto estarían regidos por el principio: "De cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades."
La diferencia fundamental entre el Estado capitalista y el Estado proletario es ésta: el Estado de los trabajadores trabaja por su propia desaparición. La diferencia fundamental entre la violencia-represión ejercida por la dictadura del proletariado, es que esta última constituye un arma necesaria de la clase trabajadora para la abolición de toda violencia.
No se debe olvidar jamás. La conciencia de los fines supremos también es una fuerza.
A fines del siglo anterior se podía alimentar el gran sueño de una transformación social idílica. Generosos espíritus se dedicaron a él, desdeñando o deformando la ciencia de Marx. Se imaginaban la revolución social como la expropiación casi indolora de una ínfima minoría de plutócratas. ¿Por qué el proletariado magnánimo, rompiendo las viejas espadas y los fusiles modernos, no habría de perdonar a sus desposeídos explotadores de la víspera? Los últimos ricos se extinguirían pacíficamente, ociosos, rodeados de un burlón menosprecio. La expropiación de los tesoros acumulados por el capitalismo, unida a la reorganización racional de la producción, le proporcionaría a la sociedad entera, en su momento, la seguridad y la comodidad. Todas las ideologías obreras de anteguerra estaban más o menos penetradas de esas falsas ideas. El mito radical del progreso las dominaba. Mientras tanto, los capitalistas perfeccionaban su artillería. En la II Internacional, un puñado de marxistas revolucionarios desentrañaban solos las grandes vertientes del desarrollo histórico. En Francia, en torno al problema de la violencia proletaria, algunos sindicalistas revolucionarios veían claro.
Pero el capitalismo, en otra época inicuo y cruel sin duda, pero creador de riquezas, se convirtió, en el apogeo de su historia, que comienza el 2 de agosto de 1914, en el exterminador de su propia civilización, en el exterminador de sus pueblos... Desarrollado prodigiosamente durante un siglo de descubrimientos y de labor encarnizada, con la técnica científica en manos de los grandes burgueses, de los jefes de bancos y trusts, se volvió contra el hombre. Todo lo que servia para producir, para extender el poder humano sobre la naturaleza, para enriquecer la vida, sirvió para destruir y para matar con un poderío repentinamente acrecentado. Basta una tarde de bombardeo para destruir una ciudad, obra de siglos de cultura. Basta una bala de 6 milímetros para paralizar totalmente el cerebro mejor organizado. No podemos ignorar que una nueva conflagración imperialista podría herir de muerte la civilización europea ya bastante golpeada. Es razonable prever, en razón del progreso del "arte militar" la despoblación de países enteros por una aviación provista de armas químicas, cuyo enorme peligro denunció en 1924 la Sociedad de Naciones -¡y no se la acusará de demagogia revolucionaria!- en un documento oficial. Todavía no han terminado de ser acondicionados en los monumentos patrióticos la sangre y los huesos de millones de muertos de 1914-18 cuando esta amenaza se cierne nuevamente sobre la humanidad. Teniendo presentes las duras realidades de la revolución, es necesario recordar estas cosas. Los sacrificios impuestos por la guerra civil, la implacable necesidad del terror, los rigores de la represión revolucionaria, los errores ineluctables y dolorosos aparecen entonces reducidos a sus justas proporciones. Son males ínfimos comparados con esas inmensas calamidades. Si no estuviera de más, el solo osario de Verdún los justificaría ampliamente.
"La revolución o la muerte." Esta frase de un combatiente de Verdún sigue siendo una profunda verdad. En las próximas horas terribles de la historia, ése será el dilema. Habrá llegado el momento para la clase obrera de cumplir con esta dura, aunque saludable y salvadora tarea: la revolución.
NOTAS
3. Ya hemos hecho alusión en otra parte a las jornadas de junio de 1848. Es deplorable el olvido en que ha caído esta página edificante y gloriosa de la historia del proletariado francés. La burguesía de la II República atravesaba una crisis cuya consecuencia fue la extensión del desempleo. Para el problema del desempleo sólo encontró una solución: promover la sublevación y luego reprimirla. Paul-Luis ofrece en su Histoire du socialisme francais un cuadro conciso de estos acontecimientos.
4. Véase Victor Serge, Lenín, 1917. Librairie du Travail, París, 1925.
VI. Los dos sistemas. ¿Combatir los efectos o remontarse a las causas?
VII. La violencia económica: por hambre
VIII. La eliminación. Errores y abusos.
Control
IX. Represión y provocación
X. ¿Cuándo es eficaz la represión?
XI. Conciencia del riesgo y conciencia del fin
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